DE CUANDO SE GESTÓ LA PESCA DURANTE EL MES DE MAYO



HISTORIA // Mayo 2020, por Alejandro del Valle.


Esta es la breve historia de la primera vez que la temporada de pesca se alargó hasta fines de mayo. La ‘famosa’ extensión que comenzó en el río Chimehuín y que en aquel entonces no resultaba fácil de aceptar porque el último día de abril ya estaba arraigado como el fin de la temporada.

Cualquier cambio más o menos significativo del reglamento siempre cuesta como si fuera una bola inmensa: si está rodando es muy difícil detenerla y se corre el riesgo de ser aplastado y si está quieta hay que ‘echar los bofes’ para ponerla en movimiento. Un ejemplo es la primera vez en la historia que pusimos la captura y liberación en un río, el Quilquihue. Fue duro. ¿Y la primera vez que anunciamos que ese año no se iba a poder matar en la Boca del Chimehuín? ¡Uh, fue durísimo! Pero esas son otras historias...
Esto sucedió a mediados de los noventa, cuando en el CEAN (Centro de Ecología Aplicada del Neuquén) teníamos la responsabilidad del manejo técnico de la pesca deportiva/recreativa de Neuquén. Esa responsabilidad no es ‘moco de pavo’ y menos en aquella época en la que éramos como el Quijote arremetiendo contra ciertos molinos. Pero no era muy difícil para nosotros y pudimos tumbar algunos (molinos) ya que ese laburo era la razón de nuestras vidas y teníamos todas las pilas puestas. Y si las pilas no estaban incluidas las comprábamos con nuestra platita... y... sí, así de metidos en el laburo estábamos.

Éramos varios y éramos uno. Caballos percherones tirando del mismo carro. Horas, días, meses en el agua tomando muestras, en el laboratorio procesándolas, en el gabinete haciendo cuentas, discutiendo y escribiendo los informes. Y después traducir los resultados en acciones de manejo para el mejoramiento de la pesca.

Claro que no estábamos solos, muchos pescadores estaban al pie del cañón para ayudarnos. Todos, ellos y nosotros, ansiosos de que tuviéramos éxito. Más aún en momentos en los que estaba al rojo vivo la brasa (todavía hoy no apagada) sobre el porqué de la disminución progresiva del tamaño de las piezas desde el maravilloso big-bang pesqueril de las primeras décadas de las truchas en la Patagonia.

Siempre con buenas intenciones aunque a veces con acciones equivocadas llegamos al año en cuestión viendo que la población de marrones del Chimehuín no era lo que había sido. Nos dimos cuenta que las hermosas ‘panza amarilla’ estaban sufriendo, además de todo lo vinculado con la pesca legal e ilegal, una competencia ‘desleal’ por parte de truchas de su misma especie...

Hoy la mayoría de pescadores sabe que las truchas suelen tener dos subpoblaciones en una misma zona. Una de residentes que viven más o menos siempre en el lugar donde nacieron con algunos desplazamientos locales y otra de migratorias que hacen desplazamientos entre ambientes distintos. Éstas nacen en uno y después van a crecer y desarrollarse en otro, generalmente más grande y con mayor disponibilidad de alimento. Pero después vuelven a desovar y allí compiten con las residentes, por el espacio para hacer los nidos y después sus hijos por el lugar de vida y el alimento.

Fue así que tuvimos que desarrollar un programa especial para el mejoramiento de la población de marrones residentes y consecuentemente de la calidad de pesca cuando ellas están solas en el río, especialmente en enero y febrero. Formamos un plantel de reproductores del río y efectuamos siembras programadas de restauración que comenzaron a dar buenos resultados.

Por otra parte decidimos tratar de incrementar las oportunidades de pesca de calidad a través de las marrones migratorias que sólo eran aprovechadas hasta fines de abril. Para eso, conseguimos la extensión de la temporada 1995/96 en el Chimehuín para desarrollar una experiencia de evaluación con la hipótesis de que durante mayo existía un grupo mayoritario de marrones migratorias en el curso medio del Chimehuín que no se encontraban aún en desove y que podían brindar buenas oportunidades deportivas/recreativas. Me acuerdo que se armó un gran alboroto porque, bienintencionadamente, muchos decían que se resentiría la reproducción natural y con ello la pesca.

Con once pescadores voluntarios muy variados en experiencia y habilidad hicimos pescas con caña entre el 22 de abril y el 31 de mayo de 1996 entre el puente del cuartel y la confluencia con el río Currhué. Capturamos, medimos, pesamos, tomamos muestras de escamas y liberamos 50 marrones y 24 arco iris.

Encontramos que ninguna estaba en desove y que algo más del 90% de las marrones eran migratorias. Estos peces muestran un crecimiento mayor el año que, abandonando sus lugares de nacimiento, ingresan al ambiente más productivo, lo que queda expresado en sus escamas y las diferencia de las residentes que muestran un crecimiento uniforme todos los años.

Pesaron como 2 kg de promedio con la mayor de 3,750 kg. La actividad de pesca resultó muy buena también con unos 2 piques por hora por cada pescador y con una tasa de pesca en peso de 1,18 kg/hora por pescador.

Habíamos empezado a probar que la pesca durante el mes de mayo era posible. En los años siguientes repetimos la experiencia y la ampliamos a otros ambientes. Pero esa había sido la primera experiencia de extensión de la temporada y había salido bien. Nosotros felices por la tarea cumplida con éxito y porque los pescadores podían gozar de su actividad más tiempo.

Se están cumpliendo 24 años de esa gestación de la pesca durante el mes de mayo.

Autores del informe original del CEAN/JICA: Alejandro ‘Ale’ del Valle, Ambrosio ‘Pocho’ Espinós y Javier ‘Shaggy’ Urbanski.
Colaborador: Rolando ‘Cachín’ Roa.
Pescadores voluntarios: Jorge Bisso, Santiago Dodero, Gustavo Espinós, Juan Manuel Espinós, Gustavo Ivanoff, Leonardo ‘Leo’ Madeja, Alejandro Olmedo, Aldo Rodino, Jorge Romero, Aníbal Sacconi y Juan José Sacconi.
Observaciones y encuestas: Leonardo ‘Leo’ Madeja y Carlos ‘Tuqui’ Vizcarro.
Foto: Steve Schmidt


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